
Blancanieves, Hansel y Gretel o Caperucita Roja son unos intrusos que se han apoderado de nuestra niñez. La empresa editorial de los hermanos Grimm fue muy efectiva al influir sobre el pensamiento mágico de la infancia con historias de la tradición germana, como hoy influyen sobre nuestro cotidiano las figuraciones del cine norteamericano. Pero no nos engañemos, sobre los lugares de nuestra infancia aún pululaban las sombras de otros seres fantásticos, empujados hacia el olvido por los seductores personajes llegados como bárbaros desde los confines europeos.
Los que somos de pueblo sabemos que en los cortijos y caseríos dispersos por las estribaciones de la sierra vivían personas y aún familias enteras cuyas ideas no se hallaban en consonancia con las que primaban en la mente de cualquiera de nosotros. Muchos de estos cortijeros, escudados en el aislamiento que les proporcionaba aquellos montes y sierras agrias, seguían poseyendo una imagen del mundo de aspecto arcaico, que los demás hemos confundido tradicionalmente con signos de su rusticidad.
Las primeras sensaciones de esta particular forma de entender el mundo las viví en Polera, el viejo cortijo familiar que aún se asienta en la ladera meridional de Mágina, que es donde solía pasar los veranos cuando estaba chico. Uno de mis entretenimientos habituales consistía en explorar los enseres dispuestos ordenadamente como en un museo etnográfico en las cámaras de los trojes. Mi debilidad eran los viejos arcones de madera porque allí, entre los papeles de mi bisabuela la Tía Catalina, cuyas facultades taumatúrgicas eran reconocidas en toda la comarca, siempre encontraba pequeños tesoros que me conectaban con personas y aconteceres que se me antojaban muy remotos en el tiempo. En ellos encontré antiguos libros de anatomía con extrañas anotaciones en los márgenes. Allí se mezclaban los provechosos avisos de un viejo ejemplar del Kempis, con una buena colección de pliegos de milagros del Santo Custodio y algunas cápsulas de adormidera delicadamente conservadas en una taleguilla de lienzo.
Mi abuela María contaba que cuando era niña, su madre le refería con frecuencia la historia del Tío Bartolo Ferreiro, un viejo que vivía en un solitario cortijo escondido entre aquellas gargantas, que decían que era medio sabio. Que con un canutero de madera que tenía lleno de bichos y con otras diabluras que hacía, rondaba por las noches aquellos cerros trasladándose por los aires a donde quería. Además, se decía de él que en las noches de luna llena salía de su cortijo para remontar las escarpadas laderas hasta Peña Bermeja. Desde allí, decía, se le escuchaba aullar como los lobos, y que a sus aullidos respondían desaforados los lobos de la lejana Serrezuela.
Contaba la Tía Catalina que, en lo antiguo, las noches de plenilunio se veían amenizadas por el paso de brujas que, camino de Sierra Morena, montadas en sus escobas embadurnadas de ungüentos, sobrevolaban los tejados y chimeneas de regreso de algún aquelarre en las cuevas del Sacromonte, mientras se les oía corear:
Cuatro somos de Andújar,
tres de la Higuera
y la que toca el pandero
de Villanueva.
También me maravillaba la manera en que mi abuela hablaba de los duendecillos que según ella habitaban los recovecos del cortijo. Aunque reconozco que nunca llegué a verlos, fui testigo no pocas veces de sus travesuras, escondiendo escudillas y cucharones para volver locas a las domésticas. Porque aquellas gentes de mi niñez, especialmente las mujeres más viejas, cuando me hablaban de aquellos seres mitológicos, lo hacían desde la certeza de que les podían romper los pucheros.
Hoy, el valle del Gargantón es un solitario recodo de Mágina ya desprovisto de los relatos maravillosos que amenizaron durante siglos aquellas noches de luna y fuego. En los esqueléticos cortijos, solitarios y abandonados, dejaron de cohabitar humanos y duendes. Y a pesar de todo, cuando regreso a aquellas soledades, entre los rumores del agua que serpentea caprichosamente entre los riscos, me parece escuchar los graznidos del pajarraco negro del Tío Sonsín, un grajo que le acompañaba en sus prospecciones arqueológicas por las Habitaciones, donde contaban que gastó toda su fortuna excavando los restos del castillejo moro porque soñaba pertinazmente en la presencia de un fabuloso tesoro. Decían que nunca lo encontró, pero sí dejaron para la posteridad otro gran tesoro, el de unas historias excitantes de gentes que sabían encontrar la belleza en las cosas raras.
Kempis: se refiera a la Imitación de Cristo, del agustino Tomás de Kempis (1380-1471), una de las obras más influyentes de la mística cristiana.
Santo Custodio: el más famoso curandero de la saga que destacó en la Sierra Sur en el siglo XX.
Habitaciones: son los restos de un castillejo árable asentado en las estribaciones del río Gargantón.
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