El pilar de la Ermita

El pilar de la Ermita en los años 90, a la entrada de Bélmez de la Moraleda

En lo antiguo, era frecuente que un abrevadero con su surtidor de agua diera la bienvenida al caminante que entraba en poblado. Por eso en la Moraleda había un pilar en las Cuevas y otro en la revuelta del Toro, como gasolineras ecológicas para surtir de fresco combustible a criaturas y bestias. Mi niñez la tengo asociada al encumbrado recodo que el caminante encontraba tras pasar los Asperones, pues cuando vivía en la casa de Romero, frente a la vieja iglesia, era la estampa cotidiana que contemplaba desde mi cuarto: un escarpado terraplén sobre el barranco, coronado por un pilón blanco y, más arriba, una bucólica ermita camuflada entre la vegetación. Con el tiempo varió mi perspectiva y al mudarnos a la casa de Julio continué contemplando desde su azotea los cambios que sucesivamente se irían produciendo en el entorno del pilar y la ermita.

Siempre se me ha antojado que estos pilares debían de sentirse orgullosos del preciado servicio que prestaban. Antes de la llegada de las tartanas, el viajero que arribaba al pueblo por la avenida que en lo antiguo llamaban del Visillo, agradecía poder refrescarse en el pilar mientras contemplaba a su frente la amalgama de casas desparramadas desde el collado del Paso hasta el Nacimiento, como si un vendaval las hubiera amontonado allí caprichosamente. No era el caserío blanco que vemos ahora, sino unas construcciones terrosas que parecían haber emergido del propio suelo, rústicos muros de tapial rematados por sobrias techumbres de retama. La iglesia y el colindante ayuntamiento eran los únicos edificios que utilizaban teja árabe para sus cubiertas.

Hace mucho tiempo, el pilar y la ermita estaban a la misma altura, configurando un asiento de refresco que agradecía todo el que llegase a pie o en caballería tras remontar la empinada cuesta del Prado. Pero ¿cuándo se construyó este humilladero a la entrada principal del pueblo? Tenemos que remontarnos a las medianerías del siglo XIX, y fijarnos en un joven del vecindario llamado Juan Rodríguez de León, de temperamento algo enfermizo y de oficio barbero sangrador. Este muchacho era uno de los pocos que sabían leer y escribir a pesar de su origen campesino, y de siempre tuvo una cierta inclinación a las cosas de iglesia. Primero como acólito, luego como ayudante de sacristía y, tras una permanente disputa con el sochantre de la parroquia, se hizo con el cargo de sacristán, que simultaneó con el de organista y fabricano.

Es posible que fuese como acto de desagravio o por su especial devoción al Santo Cristo de la Expiración que decidió erigirle una ermita frente al pilar caminero. Corría el año 1863 y entre que pidió permiso al obispo para construirla y su inauguración transcurrieron casi nueve meses, una particular gestación de este devoto solterón para la que invirtió todos los ahorros que sus exiguas rentas parroquiales le procuraban. El templo se hizo de mampostería, con cinco varas de largo por tres de ancho. Algo más de diez metros cuadrados de nuestro tiempo. En la tarde del dos de septiembre de dicho año, todo el vecindario se desplazó al flamante oratorio extramuros de la villa para asistir a la solemne bendición que con arreglo al ritual romano hiciera el canónigo de Jaén don Francisco Civera, desplazado a la Moraleda para tal fin por comisión del señor obispo.

Todavía en los años setenta se conservaba casi al completo la nave original. En un tiempo en que habitó la casa adosada mi tía Esperanza, yo la solía frecuentar y recuerdo la sobriedad de ornamentos en una penumbra que imponía el respeto de lo sagrado. Lo contrario del alegre y luminoso huerto que tenía en las traseras, donde aún se hacían visibles las trazas de la vereda original.  Un castigado asiento de piedra en su orilla debió ser testigo de tantos caminantes que aliviaron sus cansancios antes de entrar en el pueblo por una nueva calle que a partir de entonces pasó a llamarse de la Ermita. La gran transformación urbanística de los años setenta dio al traste con la ermita, cuya nave fue demolida para ampliar la vivienda, dejando solo el camarín, único resto que hoy podemos contemplar.

Mucho antes, la llegada de los primeros coches obligó a rebajar unos metros el trazado de la nueva calzada para llanearla con el puente del Arroyo y, aunque se armaron otra vez pilar y abrevadero, a partir de ahora y de manera creciente iban a verse ciertamente ninguneados por los estridentes transeúntes motorizados. Aquellas primeras tartanas eran como orugas marcando las sendas del progreso, con más ruido que velocidad. Y si no que le pregunten a la tía Nicasia, aquella enérgica viuda de talle enjuto y enlutado, que asomaba por la revuelta a cuestas con su esportón de yerba para los conejos, que cada tarde recolectaba en los humedales de la fuente de los Civiles. Y contaban que cuando algún chófer la alcanzaba caminando por la carretera y apiadándose de su pesada carga le invitaba a subirse al estribo del coche, como era costumbre en aquel tiempo, ella respondía lacónicamente: “no, que tengo prisa”.

El pilar de la Ermita, desde su privilegiado balcón, ha sido un fiel testigo de las testarudas transformaciones de la modernidad. Recuerdo un plácido atardecer de mi niñez en que un estridente furgón se detuvo en aquella asonadilla para anunciar su llegada al vecindario con un insólito montaje de músicas y refulgentes luminarias, que atrajo a la chiquillería como un flautista mágico. Aquella vaticinadora estrella polar se paró en la plaza, frente a la tienda de Frasquito, desde donde un atónito vecindario pudo contemplar el derroche de tecnologías que la perturbadora camioneta mostraba en su abierto interior: televisores de diferentes tipologías conectados a la vez, cuando en el pueblo pocos tenían alguno en casa; tocadiscos, radios y transistores a pilas de distinta gama batallando por ofrecer la banda más seductora; frigoríficos y neveras que luego supimos que lo eran para enfriar las cosas. Mientras los de la plaza estábamos fascinados con aquel inaudito alarde de electrodomésticos, los primeros que acudieron en masa al pueblo, estoy seguro que el pilar de la Ermita quedó entristecido pensando en el incierto devenir que aquello auguraba: que las teles y las radios darían al traste con las tertulias vespertinas de las vecinas que acudían a su chorrillo a colmar sus cántaros y botijos con su limpio elixir, que ahora refrescarían en aquellos armarios luminosos. Y ya habría tomado conciencia de que cada vez eran más motores que bestias los que transitaban por allí, y que tarde o temprano, pasaría a ser, como tantos compañeros que desaparecieron con el tiempo, tan solo una imagen para el recuerdo.


  • Sochantre era el encargado de dirigir los cánticos en la iglesia.
  • Fabricano era el administrador de las cuentas de la parroquia.
  • La Tía Nicasia existió y se la recuerda por la energía que mostraba a pesar de su edad.
  • En tiempos pasados era muy frecuente que algunas casas tomaran el nombre de quienes las habitaron, como la Casa de Romero, que nunca supimos quien fue.
  • Hasta el siglo XIX los barberos, además de rapar barbas, también hacían sangrías seccionando las venas de los brazos, hasta que con el tiempo se abandonó esta terapia.
  • La tartana era como se llamaba a los antiguos carruajes tirados de caballos, pero también se les llamó a los primeros coches, aquellos que arrancaban con una manivela exterior en su morro. Mi padre trajo al pueblo una de las primeras tartanas, que además tenía nombre propio, la «Italiana». Se le puso el mote porque venía de estar al servicio de una heladería y aún quedaban en su carrocería restos del letrero «Helados italianos». Yo mismo heredé el apodo de «Italiano» con el que se me llamada de niño, hasta que mi padre cambió la tartana por una DKW y se me cambió el alias por el de «Gonzalillo» (el hijo de Gonzalo).

Realicé este relato para ser leído en la actividad cultural Sonidos del agua, una visita de los antiguos pilares de Bélmez de la Moraleda (Jaén) programada por el colectivo Torre del Sol para el el 28 de julio de 2026.

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