La fotografía

Natalia Franco Caurel

Accésit «Paisajes en sepia» 2020

Ayer encontré esta foto en el fondo de un cajón. Ya casi me había olvidado de su existencia… En ella están mis padres y mis hermanos. Yo no aparezco, estoy junto al fotógrafo que inmortalizó la escena. La foto fue tomada un día de verano de principios de los años cuarenta del siglo pasado. Mis padres están recogiendo la hierba para dar de comer al ganado. En el momento en que la fotografía fue hecha, mi madre había hecho una parada para amamantar a mi hermano pequeño, mientras mi padre los observa de pie, apoyado en un poste de madera que sostiene una suerte de zaguán que da algo de sombra. Las ropas que llevan son miserables, se caen a trozos. Estoy convencido de que mi padre en aquel entonces ya daba vueltas en su cabeza a la idea de emigrar a Argentina. Quizás en ese mismo instante en que la cámara captó para la posteridad, mi padre estaba pensando lo mismo que yo con solamente siete años adivinaba; la miseria y necesidad que asolaba nuestra casa, tan evidente en las ropas andrajosas que vestíamos y que mi madre hacía durar años a costa de los continuos repasos y remiendos. A la hora de la comida, había siempre sobre la mesa una sopa de patatas y cebolla que apenas nos saciaba. En el desayuno y la cena, un cuenco de leche con un trozo de pan duro. Ese era el panorama cotidiano en nuestra casa…y tantas estrecheces fueron las que empujaron a mi padre a emigrar dos años después, dejando a mi madre sola y al cargo de sus cuatro hijos.

Al otro lado del océano teníamos familia, tíos y primos que habían marchado quince años antes en busca de una vida mejor. Ellos fueron los que le procuraron un trabajo de jornalero en una hacienda de los extrarradios de Buenos Aires. Antes de marchar, mi padre nos juró que iba a arreglarlo todo para que nos reuniéramos con él en cuanto fuera posible. También nos prometió que nos enviaría mensualmente todo el dinero que pudiera juntar para que no nos faltara de nada. Y así fue, mi padre era un hombre de palabra. A los dos meses de su partida llegó la primera carta y la primera cantidad de dinero. Lo mismo sucedió al mes siguiente, y al otro… Todos los meses esperábamos las cartas de nuestro padre con impaciencia, en ellas nos contaba cómo era su vida en el Nuevo Continente. Cómo era la capital, sus coches, sus anchas avenidas orladas de grandes edificios, tiendas y negocios, sus gentes con su habla tan particular, la música que aquí no conocíamos…también nos hablaba de su trabajo, de su patrón, del barracón donde vivía y de cuánto nos echaba de menos. Las cartas llegaban todos los meses. Las esperábamos con impaciencia porque eran nuestro seguro de vida, al menos el seguro de una vida mejor. Gracias al dinero que nuestro padre nos enviaba podíamos comer y vestir, e incluso comprar libros y lápices para ir a la escuela. Nuestro padre también nos enviaba de vez en cuando alguna foto suya en las Américas.

Recuerdo con especial cariño una que tiene por detrás un sello de un fotógrafo de Buenos Aires. En ella lleva puesto un traje oscuro y un sombrero de paja. Está sólo y posa en un estudio delante de una tela en la que hay pintadas una calle con unas casas; él está triste, muy triste. Habían pasado cinco años desde que mi padre había partido cuando, inesperadamente, las cartas dejaron de llegar. Era por el mes de Noviembre y ya hacía frío. Mi madre estaba preocupada, aunque no lo quería confesar. Yo la veía llorar a solas, frente al fuego y le preguntaba qué le pasaba, pero ella me contestaba con evasivas. – Nada Pedro, no me pasa nada. Yo sospechaba que su tristeza tenía que ver con la carta de papá, aunque ella no lo confesaba. No fue hasta tres meses más tarde cuando llegó a casa una carta, procedía de Argentina, pero no era de mi padre. Era una carta de la Gobernación de Buenos Aires en la que se notificaba su fallecimiento. Como causa de la muerte constaban unas fiebres tifoideas. Aquel día se hizo de noche en mi casa. Un tupido velo negro de luto y duelo se desplegó sobre nosotros y nos envolvió durante mucho tiempo. Nos sentíamos como un barco que había perdido el timón y navegaba a la deriva. Pronto regresaron a casa las estrecheces y la escasez. Mi hermano José y yo tuvimos que dejar de ir al colegio para ayudar en las labores del campo. Mi madre ya no volvió a ser la misma. Nunca más se volvió a poner el vestido nuevo de color azul que se había comprado para ir a Misa los Domingos, ni volvió a recogerse el pelo con la cinta de terciopelo…Con mucho esfuerzo, trabajo y privaciones conseguimos salir adelante, pero la figura de mi padre nos acompañó siempre, como un referente que hemos tenido constantemente presente en nuestras vidas. Muchos años han transcurrido ya desde aquello, pero cada vez que evoco su recuerdo, viene a mi mente la imagen fugaz que la lente del fotógrafo capturó aquella tarde de verano en la que mi madre amanta a mi hermano pequeño mientras mi padre los observa apoyado en un poste de madera, probablemente soñando ya con buscar una suerte mejor para su familia al otro lado del océano…