Juan Antonio López García
Accésit «Paisajes del silencio» 2022
La edad y el tiempo no son el mismo momento, no son el mismo lugar ni el mismo concepto. La edad había cambiado; imperceptible, rítmica o a saltos pero había cambiado. Las otras edades se quedaron en la memoria o en el olvido, en la memoria placentera o en el olvido malsano.
El tiempo no, no había cambiado. Fosilizado se adueñó de la casa, de la habitación con su oscuridad fresca en verano y su oscuridad fría en invierno, del matrimonio antes y de la mujer sola después. Fosilizó al aire enrarecido, enviciado de hogar, de olor a intimidad, de olor singular que define y diferencia al traspasar el umbral, olor que despierta sensaciones perdidas en el arcón de la memoria lejana.
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—Mamá, entro en la casa y vuelvo a la infancia…, no son mis recuerdos, no es mi memoria oculta ni son mis ojos cerrados que me trasladan a otra edad —la hija aprieta la mano de la anciana, mira al frente con la vista perdida en la pared—, es, mamá, los momentos vividos en esta casa, los momentos que forjaron el alma de la mujer que soy.
—María —los ojos cansados, anclados en el tiempo y hartos de soledad derraman la lágrima seca de la edad, de la nostalgia y del miedo al final—, cuando vienes, cuando entras la luz es diferente y el aire parece más cálido. No te veo a ti, veo la ilusión que formó parte de esta casa buscando el futuro y… ¿sabes, María? El futuro no ha llegado nunca, hemos vivido día a día y, a veces, nos hemos engañado.
Los rastros petrificados de sueños y esperanzas que fueron timbrando las paredes blancas; las ennegrecidas puertas, las oscuras ventanas y las eternas sayas de la mesa camilla; el repostero de pino, color café tostado, con estantes y cajones repletos de servilletas, manteles, platos, cubiertos y recuerdos; los cuadros de las paredes y la fotografía sepia de contornos difuminados de otra edad se mantenían en el tiempo.
—¿Por qué dices que os habéis engañado? —Avanzan lentamente hacia los dos sillones que escoltan la mesa frente al televisor— Aquí, en esta casa, en este pueblo, has vivido; aquí has sido la madre más fabulosa, la que me ha hecho como soy en el pueblo más bonito, mi pueblo.
—Sí, es fácil decirlo…
—¡Es que es verdad! —Suena impetuosa, brusca y con una pincelada de enfado que deja a Brígida sin voz y a ella misma arrepentida. Murmura— Lo siento, no he querido decir eso ni decirlo así. Pienso que soy la misma que se fue y no es verdad, soy otra.
Al pie de la ladera del cerro donde termina la última pista asfaltada se encuentran las primeras casa del pueblo y la última distancia hasta la bulliciosa carretera de incansable trajín de vehículos, las estresantes velocidades y los ruidosos palpitares del continuo movimiento. Al pie de la ladera del cerro cuando el ronroneo del esporádico motor se aleja o se detiene brusco, inunda la escena el imperceptible rumor del silencio; existe el ritmo de la brisa y la fuerza del viento, existe el bisbiseo cómplice de los pasos de los vecinos, existen los atropellados trinos de pájaros, existe la pesada carga de las palabras ahogadas.
—¿Decías? —Inquiere la joven para romper el silencio punzante, y para destrozar el muro que se resiste a caer eleva el tono al recriminar a su hijo que, ausente y perdido en la adolescencia, no deja de pulsar la pantalla del móvil— ¡Benma, deja ya el teléfono que estamos con la abuela!
—¡Déjalo, si él no sabe qué hacer aquí! —Mira a su nieto con ternura, con deseos de acariciar al cariño, de notar el sedoso contacto del mimo, del amor perdido en la distancia y en las prisas…, su hija siempre dijo en el trabajo. La experiencia de la edad revuelve sus recuerdos y musita— ¿Qué se necesita para vivir?
—¿Qué? —Pregunta María.
—Nada —duda, deja una pausa para reubicar las piezas de sus pensamientos y observar al joven, el niño para ella, absorto o abducido, extraño o perdido, deseado o repelido y con toda certeza lejano, muy lejano. Suspira para repetir— Nada. Tal vez yo, esta casa, como todo el pueblo ya estamos fuera de lugar. Me preguntaba ¿qué se necesita para vivir? Teníamos tan poco y se necesita tanto ahora.
—Mamá son tiempos diferentes. Ahora la vida exige mucho, somos esclavos del trabajo… ¡Son tantas las cosas! Antes era más fácil.
—Yo que sé —no sabe qué más decir. La distancia es tan grande—, pero digo yo que tanto en aquellos tiempo como ahora si se hace difícil vivir es por culpa nuestra, de las personas; a eso me refiero, que somos las personas las que complicamos la vida. Cuando tú tenías la edad de tu hijo no necesitabas ese cacharro para estar siempre dale que dale. Jugabas en la calle con la Carmen y la Josefa y las otras niñas. Todo el día jugando en la calle con las amigas, pasándotelo bien y sin peligros. No había teléfonos y sabíamos dónde estaba todo el mundo…
—Eso hoy no puede ser posible. Tengo otra edad y vivo en otro tiempo y en otro lugar —la mujer entrecierra los ojos, su mente fusiona dos tiempos diferentes, tal vez tres, porque allí está su hijo deteniendo el acoso del pasado, luchando por sobrevivir en un museo anquilosado. Las imágenes se mezclan acosadoras—, mamá, yo, como tú, estoy anclada a mi tiempo, cada año con más edad y cada vez más lejos de aquí… Ese cacharro, como tú le has llamado, no es juego, es una herramienta más de trabajo. Puedo, en cualquier momento, responder a lo que surja.
—Eso es lo que menos entiendo, responder a lo que surja —planta una cara de agria duda ante su hija—. Cuando os oigo decir lo que surja me da la sensación de que lo que decís es para arreglarlo todo y eso…
—¡Mama, no hay red! —Suena impertinente la queja del niño despreciando la voz de la soledad, alejando un tiempo inconcebible, rasgando los sufridos eslabones — ¿Y ahora qué puedo hacer? ¡Aquí no hay nada!
—Sí, aquí no queda nada —suspira Brígida murmurando en voz baja—. En las calles sólo verás los cuatro viejos que vivimos o malvivimos. Se nos puede ver al sol de invierno y al fresco de las noches de verano sentado en nuestras sillas charlando o mirando.
—¿Mirando? —Benma, levanta la cabeza y mira a su madre con la pregunta en la boca.
—Sí, mirando el vacío que pasa delante de nuestras narices sin siquiera saludar. Es muy triste, hasta los recuerdos temen al escaso futuro.
—¿Por qué? —María entiende porque vive los recuerdos insertos en su futuro, sus vivencias se han convertido en la argamasa de la esperanza. ¿Por qué los recuerdos de su madre se habían diluidos en desilusión?
—Porque no hay futuro. El futuro os lo llevasteis en los bolsillos y el futuro nació…—mira al nieto que la contempla asombrado—, nació donde encontró vida.
La tarde avanza entre la merienda del café, la leche y las galletas. El reloj avanza al compás de la luz. El ruido de la calle entra amistoso, sin estridencias. El escenario desmigaja tiempos y edades. Los personajes se desenfocan y la iluminación se va atenuando.
—Mamá, yo me quiero ir.